El gran zoco tecnológico

Hace algunos meses tuve la oportunidad de escuchar en una conferencia a Chema Alonso, que como todos sabéis, es el actual CDO (Chief Data Officer) de Telefónica. En esa jornada el ejecutivo, con gran astucia, solicitaba a la audiencia que alzara la mano en el caso de haberse descargado, recientemente, alguna aplicación gratuita para sus teléfonos móviles.

Como era de suponer, la inmensa mayoría de los presentes en la sala levantaron sus brazos con premura, demostrando con ese cotidiano gesto una enorme ingenuidad, casi la misma que teníamos cuando éramos niños. Pasados unos segundos, el directivo sonrió, y entonces su respuesta no se hizo esperar: nada es gratuito y, en este caso, tampoco: el precio, lo estamos pagando con nuestros datos. A continuación, Alonso, realizó una soberbia y contundente explicación de lo que eso significa.

No hay que alarmarse… ¿o quizá sí? En principio no pasa nada. Según nos dicen, lo importante es que seamos conscientes de este intercambio y que lo hagamos siempre que el servicio que nos presten por ello merezca realmente la pena. Por ejemplo, sé que Google escribe rigurosamente mi diario con la paciencia de un amanuense, pero a cambio puedo utilizar un buen abanico de servicios de calidad ¿no es cierto?

Sin embargo, es a partir de ahí cuando me surgen otras dudas o cuestiones no tan sencillas de resolver: ¿cuántas empresas disponen actualmente de estos datos?  ¿Cómo los han obtenido? ¿Se los hemos dado, los han comprado, los han intercambiado…? Y lo más importante ¿en qué manos están cayendo? ¿Alguien podría responder hoy con seguridad a esta última pregunta?

No sé vosotros, pero yo tengo la sensación de que la red se ha convertido en un inmenso zoco, incluso puede que pronto comience a oler a especias (es lo que tiene el marketing de experiencias, nada se deja al azar). Navegamos por un laberinto de callejuelas llenas de puestos  donde unos y otros hacen sus compras, regatean, negocian… Los tenderos vociferan desde la puerta de sus comercios rodeados de utensilios de todo tipo: libros, ropa, calzado, alimentos… y entre todos ellos, destaca el gran mercader, propietario de una descomunal manzana de tiendas (no importa cuánto le compres, unos muchachos uniformados y a lomos de un camello, lo llevarán a tu casa en menos de dos horas; solo bromeo).

Pues bien, creo conveniente precisar que, en mi opinión, la mayor parte de estos comerciantes son gentes de bien. Trabajan con el único propósito de ganarse la vida, atendiendo lo mejor posible a sus clientes. Sin embargo, también es necesario recordar que por esas mismas callejuelas del zoco, circulan individuos y organizaciones con objetivos más ambiciosos y menos loables, empresas o entidades que acumulan datos de un modo voraz, y a las que nadie por el momento, parece poner veto.

Siendo así, me asaltan nuevas preguntas… ¿no estaremos demostrando, como sociedad, la misma inocencia que el público asistente a aquella conferencia? ¿Qué sucederá en breve con el desarrollo de la IA (Inteligencia Artificial)? ¿Podría alguna de estas compañías desplegar un sistema capaz de rastrear y analizar, usando Big Data, nuestro comportamiento y personalidad? ¿No haría eso pedazos nuestra propia privacidad? Si nadie le pone remedio, en un futuro no muy lejano, los algoritmos terminarán sabiendo más de nosotros que nosotros mismos.

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