El evangelio del silencio

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Capítulo 1 | La carta de Alejandro.

Transcurrían los últimos días del mes de agosto. Después de
una jornada calurosa, se adivinaba en la ciudad de Toro un
atardecer más agradable gracias a un repentino soplo de viento
que comenzaba a acariciar sus calles. Pierre Marty había llegado
a la villa tan solo unas horas antes. La leyenda que envuelve sus
travesías, plazas y monumentos pronto sedujo al veterano y elegante
historiador francés, conocedor de la profunda memoria
que guarda este municipio de la provincia española de Zamora.
Marty decidió aprovechar las primeras horas de la tarde para
refrescarse y descansar en su alojamiento.
Con el crepúsculo, comenzó a dar un pequeño paseo en torno
a su hotel. Desde el mirador del Espolón, situado en un
cerro sobre la vega del Duero, la vista era magnífica. Decenas
de trazos de diferentes tonalidades se sobreponían a lo largo
del río, como en una postal que se alcanzaba a ver varios kilómetros.
Tras haber caminado durante treinta minutos, pensó
sentarse en una terraza y esperar en aquel lugar a sus dos viejos
amigos. Así podría disfrutar del espectáculo que le mostraba la
naturaleza y de su otra gran pasión: una buena copa de vino. La
primera en llegar a la cita fue Carmen Navarro. El largo tiem-
po transcurrido desde su primer encuentro en París se reflejaba
fielmente en el rostro y el cabello de su amiga. Sin embargo, a
pesar de los años, la curtida periodista aún conservaba los rasgos
y el atractivo de la bella mujer que fue.
―Espero que no te hayas atrevido a pedir un Burdeos ―le
advirtió mientras avanzaba hacia su mesa.
Sabía que Pierre era un gran amante de los vinos, en especial
de los que procedían de su lugar de origen. No en vano, el historiador
contaba con una inmensa bodega particular en Château
de L’Isle-Blanc, su residencia habitual en Francia.
―¡Mi querida Carmen! Permíteme que te vea. ¡Estás
espléndida! ―exclamó Marty alborozado.
Sin darse cuenta, recorrió con los ojos la extraordinaria figura
de la periodista, que lucía un elegante traje de chaqueta beis
combinado con una blusa blanca de seda. Llevaba el cabello
recogido y gafas de sol, que pronto se retiró para saludar a su
amigo.
―¡Qué alegría volver a verte, Pierre! ―Carmen mostraba un
tono exultante.
Se sentía feliz por la oportunidad de encontrarse con su colega.
Ambos se fundieron en un largo y cálido abrazo. Tras unos
segundos, se tomaron de las manos casi por instinto.
―Ton sourire m’attire comme pourrait m’attirer une fleur ―añadió
Marty en su lengua materna, a pesar de que hablaba un perfecto
castellano.
―Por favor, Pierre, tan halagador como siempre. Sabes que
no deberías decirme esas cosas; aún me podría enamorar de
ti ―bromeó la periodista empleando un sugerente tono de voz.
Carmen comenzó a reír y Marty le respondió con otra carcajada.
Su risa era dulce, fresca, serena. Por un instante, ambos
parecían haber vuelto a su juventud, a los formidables años que
pasaron juntos en la Universidad de la Sorbona, donde se conocieron.
Aquellos interminables paseos por el jardín de Luxem-
burgo, debatiendo sobre política, historia o cualquier tema que
estuviera de actualidad en el París de los años sesenta.
―¡Permíteme darte otro abrazo! ―exclamó Carmen al tiempo
que abría un poco los brazos―. Han pasado… ¡cuatro años
desde la última vez que nos vimos en Madrid!
―Cuatro interminables años ―respondió Pierre mirándola
fijamente a los ojos―. Por cierto, en aquella ocasión me prometiste
una visita a Burdeos; estás en deuda conmigo ―le reprochó
en tono burlón.
―No lo recuerdo ―susurró Carmen y le sonrió―. ¿Estás seguro
de eso? ―ambos empezaron a reír de nuevo.
―Escucha, sentí muchísimo no poder asistir al funeral de
Alejandro ―le dijo Marty suavizando la voz, sin soltar las manos
de ella.
―Lo sé, Pierre, fue un duro golpe. Llevábamos muchos años
divorciados, pero nunca dejamos de ser buenos amigos. Era un
gran historiador y, sobre todo, una persona maravillosa.
Carmen recordó imágenes del pasado, de los días en que
ambos disfrutaban juntos, del nacimiento de su hija Sara.
―Una verdadera lástima ―añadió Marty liberando las manos
de la periodista.
―Así es. Muchas gracias, Pierre ―de pronto, Carmen dirigió
la mirada hacia la impresionante vega del Duero―. Por cierto,
este lugar es asombroso. ¿Me puedo sentar con usted, caballero?
―le preguntó fingiendo un tono casi aristocrático.
Sin esperar la respuesta de su entrañable amigo, la periodista
se sentó a su lado. Durante unos segundos, ambos perdieron la
mirada en el horizonte mientras se dejaban arrullar por el dócil
viento de aquella tarde veraniega.
―Bueno ―comenzó a decir Carmen alargando al máximo la
palabra―, ¿has podido averiguar algo más sobre el enigmático
mensaje de Patrick y nuestra cita? Desde que lo recibí, me tiene
bastante intrigada. He intentado hablar en varias ocasiones con
él, pero no lo he logrado. Supongo que no dispone de la mejor
cobertura en la zona de las excavaciones.
―Yo tampoco he conseguido hablar con Patrick; de hecho,
esperaba que tú sí hubieras podido ―respondió él mientras extraía
un pequeño sobre del bolsillo de su camisa. Carmen hizo
lo mismo con una nota que llevaba doblada con cuidado en el
interior de la americana―. Son idénticas ―dijo Pierre.
Se trataba de un cartón de color ocre, aproximadamente del
tamaño de una tarjeta de visita. Marty comenzó a leer por enésima
vez el texto.
―«Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti. Indocti
discant, et ament meminisse periti. Ex novo. Les mousquetaires».
―Todo lo dispusiste según el número, el peso y la medida.
Que aprendan esto los ignorantes y lo recuerden los expertos.
Desde lo nuevo ―Carmen tradujo las palabras de su amigo.
―El texto alude a la supuesta armonía universal. ¿Qué crees
que se traerá entre manos Patrick? ―le preguntó Pierre encogiendo
los hombros.
―No tengo ni idea ―aseguró Carmen―. Lo busqué en internet
y encontré numerosas entradas con esta cita que guardan relación
con el libro de la sabiduría, el segmento áureo… Aunque
no sea una gran conocedora de estas cuestiones, me casé con
un historiador fascinado por su trabajo. Y, por último, ¿cómo
debemos interpretar ex novo?
―Es una expresión latina que proviene de la antigua Roma.
Al parecer, ex novo se usaba para indicar que algo, como un determinado
proceso o una investigación, debía retomarse desde
el principio ―aclaró Pierre―. Me temo que hemos de esperar a
Patrick para que nos aclare algo más sobre este asunto.
―Es evidente. Por cierto, ya debería estar aquí, ¿no crees?
Marty asintió con la cabeza y miró a su alrededor. En aquellos
instantes, la tarde ansiaba dar paso a la noche. Sin embargo,
el sol del mes de agosto oponía aún cierta resistencia a sumergirse
en el horizonte. Algunos niños correteaban entre las mesas
de las terrazas y un gran número de personas se había acercado
a dar una vuelta por el paseo del Espolón, uno de los principales
reclamos de la ciudad, situado en la fachada sur de la colegiata
dedicada a Santa María la Mayor. Entonces, entre la multitud
apareció Patrick Levert. Su aspecto aventurero contrastaba con
el resto de hombres que caminaban cerca de él. A pesar de los
años transcurridos y del peso que había ganado desde su juventud,
Patrick aún conservaba el aspecto de un incansable viajero,
un perspicaz explorador en busca secretos sepultados por los
siglos.
―Espero que tengáis un buen motivo para haberme sacado
de mi excavación de esta manera. He recorrido casi cinco mil kilómetros
para llegar hasta aquí ―gruñó el arqueólogo mientras
se aproximaba a la mesa en la que sus amigos permanecían sentados.
Luego esbozó una enorme sonrisa, que delató la inmensa
alegría que le producía volverlos a ver.
―Tan cascarrabias como siempre ―le reprochó Carmen al
acercarse para darle un gran beso en la mejilla―. ¿No vas a cambiar
nunca?
―Mi viaje ya ha merecido la pena. Si hubiera sabido que me
esperaba un beso como este, ¡habría llegado mucho antes! ―exclamó
el arqueólogo abrazando con energía a la periodista.
―Avísame cuando la sueltes ―ironizó Marty.
―¡Dame un abrazo tú también! ―Patrick rodeó con los brazos
a su amigo Pierre―. ¿Cómo demonios logras conservarte
tan delgado? Qué diablos, yo era igual que tú en nuestra época
de estudiantes.
―Eras ―sentenció Pierre―. Eras, amigo mío ―repitió. Los
tres rieron de nuevo mientras se sentaban en la terraza.
―Disculpen, ¿desean tomar algo? ―interrumpió el camarero.
―Os recomiendo el vino de esta tierra ―apuntó enseguida
Pierre―. Yo tomaré otra copa más ―Carmen y Patrick asintieron
con la cabeza―. Que sean tres copas entonces.
―¿Qué tal continúa tu excavación en Irán? ―le preguntó
Carmen interesándose por el proyecto arqueológico de su colega.
―¿Mi excavación? Después de tanto tiempo en ese lugar,
me siento ya un habitante más del reino de Mannai ―contestó
Patrick sin demasiado entusiasmo―. En realidad, es mi hijo
Michael quien dirige ahora las nuevas excavaciones. Seguro que
Helen me habrá hecho ya responsable de que su retoño se encuentre
a más de diez mil kilómetros de Nueva York. Pero qué
puedo hacer yo… Al muchacho le gusta la aventura ―dijo entre
carcajadas―. ¿Y tú, Carmen? No creía que fueras capaz de dejar
el periódico ―añadió arqueando las cejas.
―Eran ya demasiados años en primera línea. Siempre pensando
en los demás ―subrayó Carmen―. Así que me armé de
valor y decidí que ya era hora de dedicarme algo de tiempo, para
variar. A veces, me quito el gusanillo colaborando con mi hija
Sara en su portal de noticias, en internet. Eso también me permite
estar más cerca de ella. Trato de dosificar mis apariciones;
tampoco quiero que se harte de mí. Pero desde el accidente y
la muerte de Alejandro siento que me necesita. Ella lo adoraba.
―Quién lo diría, Carmen Navarro colaborando con un periódico
digital ―bromeó Pierre guiñando un ojo a Patrick.
―De acuerdo, adoro el olor a tinta. No quiero bromas con
eso, ¿vale? ―les advirtió ella―. Por lo demás, tener tiempo para
poder hacer las cosas que amas es maravilloso. Por ejemplo,
venir a esta bonita ciudad para estar unos días con mis dos grandes
amigos. ¿No es formidable? ―les preguntó mirándolos.
―Pues ya nos tienes aquí ―le dijo Patrick.
El camarero interrumpió de nuevo la escena colocando las
copas de vino sobre la mesa. Carmen y Pierre se miraron extra-
ñados. El tono de Patrick parecía sincero y su primera frase al
verlos ya les había causado cierta sorpresa.
―¿Les apetece tomar algo más?
―Claro ―respondió Patrick―. Llevo meses sin poder disfrutar
de una auténtica comida. Me consta que, además, en esta
tierra la gastronomía es extraordinaria ―dijo mirando a sus amigos―.
No olvidéis que mi madre era española.
―No lo olvidamos ―respondió Pierre mostrando agotamiento
por haber oído su historia en repetidas ocasiones.
―Bien, Patrick, hay algo que no acabo de entender. ―Carmen
esperó a que se retirara el camarero para continuar.
Marty pidió por todos, buen conocedor de los gustos de sus
amigos. La periodista extrajo de nuevo la nota de su americana
y se la mostró a Levert. Después, Pierre hizo lo mismo con la
suya.
―¿Qué nos tienes que contar sobre este mensaje? Estamos
muy intrigados.
―No os entiendo ―señaló Patrick tras leer la inscripción
en latín y un texto relativo al lugar y la fecha del encuentro―.
¿Queréis contarme algo más? ¿Se trata de una broma? ―preguntó
confuso―. Venga, no me toméis el pelo, que ya no estamos
en la universidad.
―¿Tú no has recibido nada similar? ―le preguntó Pierre.
―Pues no, ¿debería haberlo recibido? ―contestó Patrick con
dudas por si finalmente era una burla de sus amigos.
―Entonces, ¿por qué has abandonado tu excavación y has
venido hasta aquí? ―continuó Pierre, bajo la atenta mirada de
la periodista.
―¿Cómo? ¿Qué demonios os pasa? Tú me llamaste para
pedirme que viniera. ―Patrick observaba la sorpresa en el rostro
de Carmen.
―¿Yo? ―preguntó la periodista.
―Bueno, no pudimos hablar en aquel momento. Tengo muchos
problemas con mi teléfono móvil en la zona donde estamos
trabajando, en las nuevas excavaciones, quiero decir. Pero
me dejaste un mensaje en mi buzón de voz pidiéndome que viniera
hoy hasta aquí ―señaló Patrick―. Decías que se trataba de
algo muy importante, algo que podría cambiar nuestra historia.
―Yo…, yo no he dejado ese mensaje ―tartamudeó Carmen―.
Es cierto que te he telefoneado en varias ocasiones a
raíz de recibir esta nota, pero sabes que detesto hablar con el
contestador automático cuando llamo al móvil de un amigo.
―No se trata de una broma, ¿verdad, Patrick? ―le preguntó
Pierre sabiendo de antemano cuál iba a ser la respuesta.
―Claro que no, os estoy diciendo la verdad ―respondió Levert
intercambiando la mirada con sus dos amigos―. Os prometo
que no tengo absolutamente nada que ver con esa tarjeta
―insistió.
Durante unos instantes, los tres guardaron silencio. No podían
comprender qué era lo que estaba ocurriendo. En la nota,
debajo del texto escrito en latín, se podía leer les mousquetaires.
Así es como llamaban otros estudiantes a Carmen, Pierre y Patrick
en su época universitaria en París, en honor a su amistad y
a la novela de Alejandro Dumas. Y así firmaron también algunos
artículos que escribieron para el periódico de la Academia;
pero hacía años que no usaban este alias. Alguien había enviado
los mensajes con esa firma, y lo más probable era que esa misma
persona hubiera telefoneado a Patrick Levert para conducirlo
hasta España. Desconocían quién podría haberlo hecho y, sobre
todo, por qué. Multitud de preguntas los invadieron hasta que,
de nuevo, el camarero rompió el mutismo instalado en el grupo.
―Aquí tienen, señores ―dijo dejando sobre la mesa las raciones
y tapas que Pierre había encargado―. ¿Desean algo más?
―No, así está bien, gracias ―respondió Carmen al observar
que ninguno de sus acompañantes articulaba palabra.
―Déjame ver esa nota ―Patrick extrajo de su bolsillo unas
pequeñas gafas de cristales redondeados. El arqueólogo comenzó
a leer despacio; no quería que ningún detalle se le pasara por
alto―: «Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti.
Indocti discant, et ament meminisse periti». Números, proporciones,
formas… La geometría es el lenguaje en el que está escrito
la vida, ¿no es así, Pierre?
―La ciencia y las matemáticas como camino hacia Dios ―
respondió Marty sin poder asimilar todavía qué estaba ocurriendo―.
¿Quién ha podido enviarnos este mensaje? ―preguntó
mirando a Carmen.
De pronto, un niño de tez morena, de unos ocho o nueve
años, interrumpió las palabras de Pierre.
―¿La señora Navarro? ―preguntó con timidez.
―Sí… ―respondió Carmen asombrada.
―Un hombre me ha pedido que les entregue este sobre―.
El chiquillo lo depositó sobre la mesa y echó a correr. Después
desapareció entre la multitud.
―¡Espera! ―exclamó Pierre inútilmente mientras perdía de
vista al pequeño.
Los tres miraron a su alrededor. Si alguien había pedido a
aquel muchacho que les entregara el sobre, era porque los había
visto sentados en la terraza. Quienquiera que hubiese sido, debía
de haber estado muy cerca, pero había demasiadas personas
en los alrededores. La ciudad celebraba las fiestas en honor a
san Agustín, su patrón, y las principales calles y plazas estaban
abarrotadas.
―Es inútil, hay cantidad de gente. Hemos perdido a ese muchacho
―señaló Pierre, que se había puesto en pie de manera
instintiva.
―¿A qué esperamos para abrirlo? ―preguntó Patrick mientras
alargaba la mano para coger el sobre.
El arqueólogo lo abrió de inmediato y extrajo una nota. Tras
enderezarse en su asiento, comenzó a leer en silencio.
―¡Patrick!, por favor ―Pierre le llamó la atención―. ¿Qué
contiene?
―Disculpadme ―respondió Levert―. Creo que es mejor que
seas tú quien lo lea. ―Entregó a Carmen la nota manuscrita.
Al verlo, ella reconoció enseguida la letra de su exmarido.
Habían pasado muchos años juntos y sabía que a él no le entusiasmaban
los ordenadores. Su trabajo como profesor de
Historia Medieval en la Universidad Rey Sancho de Madrid lo
obligaba a usarlo con frecuencia en las labores de rutina, pero
adoraba escribir a mano, así que usaba papel y pluma para documentar
todas sus investigaciones. Silvia Guzmán, su secretaria
y persona de confianza, había intentado durante años, sin éxito,
exponer las ventajas de las nuevas tecnologías al experimentado
historiador. Sin embargo, al final era ella quien, con la paciencia
de un monje, ordenaba informáticamente los estudios y averiguaciones
de Alejandro. Carmen, que casi podía escuchar cómo
le latía el corazón, comenzó a leer con voz entrecortada:

Queridos amigos, mis mousquetaires:
Si estáis leyendo esta carta (supongo que lo hará mi adorable
Carmen) es porque, desafortunadamente, ya no estoy entre
vosotros. Desde hace algunas semanas temo por mi vida. Mis últimas
investigaciones me han llevado a descubrimientos que podrían
cambiar la historia del mundo tal y como la conocemos en
nuestros días. Tengo la certeza de que estas averiguaciones han
terminado haciendo demasiado ruido y, desde hace algún tiempo,
he empezado a recibir mensajes amenazantes con el objetivo de
que abandone mis estudios. A mis años, no puedo dejar que el
chantaje me impida llegar a conocer la verdad. Me consta que el
peligro es real; por eso he organizado este encuentro, para pediros
que continuéis mi labor. Si decidís hacerlo, os ruego que toméis
las máximas precauciones. Por seguridad, no puedo revelar más
información en esta nota. El lugar elegido para el encuentro y el
mensaje que los tres deberíais haber recibido son el primer eslabón
que os permitirá alcanzar la verdad. Formáis un gran equipo.
El proceso acaba de empezar. Ex novo.
Alejandro Márquez

Los tres estaban atónitos. ¿Era posible que el exmarido de
Carmen no hubiese muerto en un accidente, como afirmó la
policía? ¿Podrían haberlo asesinado? Pero ¿quién y por qué motivo?
Se acumulaban demasiadas preguntas, y la sensación de
estar viviendo algo irreal comenzaba a instalarse en el grupo.
―¿Estás bien, Carmen? ―le preguntó Pierre rompiendo el
silencio―. ¿Carmen? ―repitió al ver que su amiga permanecía
callada.
―¡Oh! Sí, disculpa, estoy bien. Gracias, Pierre ―afirmó finalmente.
La periodista estaba absorta pensando en Alejandro y en su
hija Sara. Si resultaba ser cierto, ¿cómo iba a contarle la noticia
de que su padre podría haber sido asesinado?
―No puede ser una trampa; la nota es real, es la letra de
Alejandro. ¿Qué pensáis al respecto? ―les preguntó mirando el
manuscrito.
―No sé de qué va esto, pero siempre hemos estado unidos,
¿no? ―respondió Pierre.
―Carmen, si tú quieres continuar, lo haremos. Solo contamos
con vuestras notas y ese texto en latín, ¿verdad? ―añadió
Levert.
―Eso y la supuesta carta de Alejandro ―matizó Pierre.
―Tampoco debemos olvidar que este lugar, el elegido para
el encuentro, es otra de las claves ―señaló Carmen―. Desde
luego, no es gran cosa para empezar.
―«Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti» ―
recordó Pierre―. Todo lo dispusiste según el número, el peso y
la medida. Creo que entiendo dónde puede estar la relación y la
primera pista que el profesor menciona.
Pierre Marty perdió la mirada en el horizonte. La luna llena
que gobernaba el firmamento permitía ver con claridad la vega
del Duero. El imponente río surcaba la naturaleza, la creación
de Dios. De pronto, se dio la vuelta y clavó los ojos en la cúpula
de la colegiata de Santa María la Mayor. Su construcción se
inició en el año 1160 bajo el reinado de Alfonso VII, y fueron
los Reyes Católicos quienes la erigieron como colegiata. La obra
del hombre ejecutada bajo las premisas de la geometría sagrada.
Patrick y Carmen observaron la mirada de su colega. Por un
instante, pareció que ambos podían leerle la mente: números y
proporciones que gobiernan el universo. El movimiento de los
astros y el crecimiento de una flor. La estructura de un átomo y
la consagración de una cúpula.
―¡La creación de Dios! ―exclamó finalmente Pierre Marty
con el brazo extendido hacia la inmensa vega del río Duero―.
Y la obra del hombre ―dijo señalando con el dedo índice la
cúpula de Santa María la Mayor. Todo creado bajo los mismos
parámetros, las mismas proporciones.
―Me temo que podrías estar en lo cierto. ―Patrick se puso
en pie y dirigió la vista a ambos lados de aquel asombroso escenario.
―Si ambos estáis de acuerdo, esa podría ser la primera pista
―señaló Carmen―, uno de los extremos de nuestro hilo de
Ariadna. Espero que tengamos tanta valentía como Teseo para
vencer al temible minotauro.
―Y así poder salir con éxito de este laberinto ―agregó Levert.
―Debemos hacerlo por Alejandro ―dijo Pierre con determinación.
―Estoy de acuerdo. Para empezar, resulta clave averiguar
qué estaba investigando el profesor en aquel momento. Eso
nos ayudará a continuar desenredando la madeja. ¿Tienes alguna
idea de qué podría ser, Carmen? ―le preguntó Patrick.
―¡Silvia! ―contestó―. Tenemos que hablar con ella cuanto
antes. Era su persona de confianza, y mi intuición me dice que
pudo ser algo más que eso. Alejandro continuaba siendo un
hombre muy atractivo. Silvia ordenaba todas sus investigaciones.
Tiene que estar al tanto de sus últimos estudios. ―La periodista
cogió su teléfono móvil.
―Espera, Carmen ―le dijo Pierre sujetándola por el antebrazo―.
Alejandro nos advierte en su carta que debemos tomar las
máximas precauciones. Tenemos que actuar con tranquilidad
y pensar detenidamente cada paso. No olvidemos que alguien
podría haberlo asesinado.
―¿Es una persona en quien poder confiar? Silvia, quiero
decir… ―Patrick dudaba.
―Supongo que sí ―tampoco Carmen estaba segura del todo.
―¿Alguien más sabía que ella trabajaba en los estudios del
profesor? ―preguntó Levert de nuevo.
―No lo creo ―respondió Carmen―. Alejandro no solía contarle
a nadie sus proyectos. Para descubrir sus hallazgos, siempre
había que esperar a que lo publicara en revistas especializadas
o en un nuevo libro. Aunque en ocasiones alguno de sus
compañeros pudiera intuir qué se traía entre manos, nadie lo
sabía con certeza.
―¿Qué opinas, Patrick? ―quiso saber Pierre.
―Creo que tendremos que hablar con ella, así que lo mejor
es que lo hagamos lo más pronto posible. Si cuenta con documentación
de Alejandro, ésta puede resultar clave en el arranque
de la investigación ―le contestó.
―Podría buscar alguna buena excusa para telefonearla sin
que sospeche nada. Dejadme pensar, algo se me ocurrirá ―aseguró
Carmen.
―¿Y mientras tanto? ―preguntó Pierre.
―Creo que debemos entrar en la colegiata de Santa María la
Mayor. Allí podría haber algo que arroje luz sobre este asunto
―decidió Patrick.
―Entonces tendremos que esperar a mañana. Aprovechemos
para descansar; el viaje ha sido muy largo y nos vendrá bien
una tregua ―Pierre esperaba la aprobación de sus colegas.
―Está bien ―dijo Carmen―. Pero no podemos volver al hotel,
quizá no sea seguro. ¿Dónde te alojas, Patrick?
―A pocos kilómetros de aquí, en una bonita casa rural rodeada
de viñedos. Creo que podría ser un buen lugar para pasar
esta noche. Es discreto y, casi seguro, dispondrán de habitaciones
libres ―dijo el arqueólogo.
―Me parece perfecto ―Pierre se mostró de acuerdo al tiempo
que Carmen asentía con la cabeza―. ¿Tienes el teléfono a
mano para comprobarlo?
―Claro, ahora mismo saldremos de dudas. ―Patrick marcó
en su teléfono móvil el número que aparecía impreso en una
tarjeta publicitaria del alojamiento.
―Casa rural La Beltraneja, ¿en qué puedo ayudarle? ―respondió
la propietaria al otro lado de la línea.
―Buenas noches, quería saber si disponen de dos habitaciones
libres ―solicitó Patrick con amabilidad.
―¿Para esta misma noche? Me temo que no, señor. Solo
tenemos una habitación disponible.
―Disculpe, ¿se trata de una habitación doble?
―Sí, señor, es una habitación de dos camas. Su precio, con
desayuno, es de setenta y cinco euros ―le indicó la mujer.
―Perfecto. Mi nombre es Patrick Levert; tengo una habitación
reservada en su casa. Me había citado en Toro con dos
amigos y la noche se nos ha echado encima. Estaremos allí dentro
de treinta minutos, aproximadamente.
―Muy bien, señor Levert, su habitación estará lista cuando
lleguen. Gracias.
―Gracias a usted ―Patrick colgó el teléfono―. Bien, tenemos
nuevo alojamiento. Será mejor que vayamos a vuestro hotel
para recoger el equipaje. ¿Dónde tenéis los coches? ―preguntó
a sus colegas.
―Lo tengo en el propio hotel ―dijo Carmen.
―Ya lo he devuelto a la compañía ―respondió Pierre―. Alquilé
uno en el aeropuerto para viajar hasta aquí, pero lo entregué
al saber que Carmen traía el suyo.
―Entonces haré lo mismo que tú. También alquilé el mío
en el aeropuerto. Dejaré las llaves en el buzón de la empresa de
alquiler e iré andando a vuestro hotel; no puede estar muy lejos.
Carmen y Pierre Marty caminaron en dirección al establecimiento.
Había cientos o quizá miles de personas circulando por
las calles. Durante algunos minutos permanecieron sin articular
ni una sola palabra. Todo había ocurrido tan deprisa que aún no
habían tenido tiempo para asimilarlo. Carmen iba pensando en
su hija: dudaba si contarle lo ocurrido. Al final, decidió esperar
unos días porque no sabía ni cómo empezar.
―No acabo de creer lo que está sucediendo ―Carmen se
mostraba nerviosa―. Hasta hace unas horas, simplemente iba
a disfrutar de unos días en compañía de mis mejores amigos, y
ahora…, ahora sé que mi exmarido pudo haber sido asesinado.
Y estamos huyendo sin saber muy bien de qué ni de quién. Es
una locura, Pierre.
―Debemos mantener la calma ―respondió Marty colocando
la mano sobre el hombro de Carmen―. Seguro que mañana
veremos las cosas de otra manera.
―No lo sé, todo es tan extraño… Y aquel niño, ¿quién le
entregó el sobre con la carta de Alejandro? Podemos estar en
peligro.
―Si esa persona hubiera querido hacernos daño, ten por seguro
que ya lo habría hecho. Además, ¿para qué nos entregaría
el manuscrito de tu exmarido? Eso no tendría sentido ―razonó
Pierre.
―Espero que estés en lo cierto. Entremos ―le contestó Carmen
con la voz entrecortada.
Habían llegado a su alojamiento, el hotel Infanta Isabel, en
el centro de la ciudad. Ambos solicitaron las llaves de sus habitaciones
y se dispusieron a recoger el equipaje. Carmen apenas
había colocado algunas cosas en los armarios, así que en poco
rato preparó una pequeña maleta y un bolso de mano y se dirigió
a la recepción para notificar su salida.
―Buenas noches. Me ha surgido un problema y, lamentándolo
mucho, tengo que dejar mi habitación ahora mismo ―le
indicó a la recepcionista.
―Lo siento, espero que no sea nada grave, señora Navarro.
¿Podemos hacer algo por usted?
―No, no se preocupe, gracias. Solo es una cuestión de trabajo.
El señor Marty también dejará su habitación; bajará en breve.
¿Podría decirle que le espero en mi coche?
―Claro, señora Navarro. Espero que volvamos a verla. Que
tenga buen viaje.
Carmen salió del hotel y se introdujo en su automóvil. Pronto
apareció Pierre Marty portando un pequeño bolso de viaje
de diseño francés. Tras sentarse en el coche, abrió la ventanilla y
extrajo un paquete de tabaco del bolso de la americana.
―¿Puedo encender un cigarrillo? ―le preguntó.
―Claro ―le dijo Carmen―, pero creía que lo habías dejado…
Salgamos del coche, mejor.
―Acabo de comprarlo. Supongo que la situación ha podido
con mi fuerza de voluntad. Volveré a dejarlo cuando todo esto
termine, te lo prometo.
―Ya estoy aquí, amigos míos ―anunció Patrick justo al volver
la esquina y ver a sus colegas―. ¿Nos vamos?
Levert llevaba una pequeña mochila a la espalda. Por sus
constantes desplazamientos, estaba acostumbrado a viajar con
lo imprescindible.
―Perfecto ―contestó Carmen―. ¿Qué salida debo tomar?
―No te preocupes, yo te indicaré ―le dijo Patrick mientras
Pierre asimilaba que debía posponer su intención de encender
un cigarrillo.
Después de poco tiempo y de atravesar varias fincas de viñedos
llegaron a la casa rural. A pesar de que había luna llena,
la noche impedía ver con claridad todo el recinto; pero parecía
un lugar con encanto. Algunos olivos rodeaban el alojamiento
y contrastaban con las viñas de los alrededores. Carmen aparcó
detrás de la casa. Creían que nadie los había seguido; sin embargo,
prefirieron tomar algunas precauciones.
―Buenas noches ―Patrick saludó al entrar.
―Señor Levert ―la propietaria los esperaba en el recibidor―.
Las habitaciones están dispuestas, la suya y la de sus amigos.
―Fantástico. La señora ocupará la habitación individual y
nosotros la doble ―le indicó Patrick.
―Muy bien, aquí tienen las llaves. No se preocupen por los
formalismos del registro; lo haremos mañana, cuando hayan
descansado. El desayuno lo pueden tomar cuando ustedes quieran.
No hay problema con el horario; este es un alojamiento
familiar.
―Muchas gracias, muy amable ―le dijo Patrick―. ¿Subimos?
―preguntó a sus colegas.
―Claro. Buenas noches ―respondió Carmen.
Mientras caminaban hacia la escalera de madera que conducía
a las habitaciones, la periodista prestó atención a la casa. Era
una antigua finca rural, de finales del siglo xix, restaurada con
piedra y maderas de la zona. La luz de las estancias y los cálidos
colores de las paredes y techos pronto la sedujeron. No en vano,
la decoración la apasionaba. Después del periodismo, el oficio
que había absorbido gran parte de su vida, era su segundo amor.
―Mañana nos vemos. Que descanses ―Marty se despidió de
ella al llegar al rellano de la primera planta.
―Si nos necesitas… ―añadió Levert.
―Gracias, Patrick, estaré bien. Gracias a ambos. ―Levantó la
mano a modo de despedida.
Tras recorrer el segundo tramo de escalones, Carmen entró
en su habitación. El largo viaje y lo inesperado del encuentro la
habían dejado bastante fatigada. A pesar de ello, no podía conciliar
el sueño. Sentía que necesitaba respirar algo de aire fresco
que contribuyera a despejarle la mente. Debido a la ansiedad
que la atenazaba, se incorporó para abrir el amplio ventanal de
la pared sur del cuarto. «¿Cómo ha podido suceder algo así?»,
pensó mientras apoyaba los brazos en el marco de madera de
la ventana. Aprovechando el silencio de la noche, trató de tranquilizarse
centrándose en su respiración y observando el firmamento.
Así permaneció durante varios minutos.
Ex novo, Alejandro… ―susurró contemplando las estrellas.