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El Prestamista de sueños

Capítulo 1

El cielo se hallaba colmado de estrellas, diminutos aljófares tan resplandecientes que casi podían acariciarse. Pero Rashid permanecía ajeno a aquel consuetudinario espectáculo. Su sombra, dibujada por los trazos de una exigua luz procedente de una lamparita de hierro forjado, se movía con agilidad por el interior de una jaima rectangular que, junto a otras once, formaba parte del campamento familiar.

Mientras todos dormían, el chiquillo había pergeñado los preparativos para el largo viaje que se disponía a emprender. Llevaba semanas meditándolo. Acababa de cumplir doce años y, a pesar de su corta edad, era consciente de la formidable aventura que tenía por delante y no quería que ningún descuido lo echase todo a perder.

El pequeño clavó las rodillas frente al equipaje para efectuar la última comprobación antes de partir. Además de un odre con agua, tan solo llevaba unas pocas prendas, queso de cabra, pan de pita y algunos dátiles. No era mucho para empezar. Fue entonces cuando se le ahogó el alma: entre sus ínfimas pertenencias, no localizaba el fez que siempre cubría su oscuro cabello. Ese gorro era un regalo de su abuelo paterno y, desde que lo tuvo entre las manos, le traía buena suerte. O eso al menos creía Rashid. Debía encontrarlo cuanto antes; no podía irse sin él.

Sus centelleantes ojos de azabache se esforzaban por localizarlo entre los utensilios, ropajes y cacharros esparcidos por la tienda. El muchacho sentía cómo el desasosiego serpenteaba entre sus entrañas hasta que, por fin, lo divisó junto a algunos enseres de Jaled, su hermano mayor. Al verlo, cerró los párpados de forma instintiva, como si ese gesto fuera un requisito previo para sumergirse en la sensación de alivio que envolvería todo su ser. «Ha llegado el momento», pensó mientras cubría sus posesiones con un pedazo de tela de lino bañada en resina.

Aún no habían brotado en el horizonte los primeros rayos de sol, cuando Rashid desató las correas de cuero que amarraban, en una esquina, dos de las lonas de la jaima. Con absoluto sigilo, asomó entre ambas telas su pequeña nariz. La noche era más fría de lo que cabía esperar. El muchacho, con precaución, decidió cubrirse con una raída chilaba de lana, tejida hace años por su madre. Esta había abrigado a su hermano y a él, e incluso a alguno de sus primos, pero lo protegería de las bajas temperaturas que reinaban a primeras horas de la mañana. Ataviado de aquel modo, apartó uno de los paños con la mano izquierda, mientras que con la otra sujetaba el hatillo que contenía sus escasos bienes. Inspiró con profundidad y se deslizó hacia el exterior. En ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda hasta alcanzarle la nuca, donde percibió un ligero pero desapacible cosquilleo.

El niño quedó paralizado, con los ojos clavados en una enorme luna llena que gobernaba el firmamento. Una inusitada duda golpeteaba su ánimo, acrecentándose a medida que transcurrían los segundos. «Ahora no puedo echarme atrás», pensó sin dejar de observar el astro que iluminaba su semblante. «Ahora no», se repitió mientras iniciaba la marcha.

Guiado por el atlas de las constelaciones, que Rashid dominaba con soltura desde hacía un par de años, caminó durante horas sin apenas detenerse. No quiso volver la vista atrás; debía alejarse del campamento cuanto antes. El chiquillo era consciente de que pronto lo echarían en falta y acudirían en su búsqueda. Pero, en aquella ocasión, la naturaleza estuvo de su parte. Con las primeras luces del día, una ventisca procedente del este comenzó a barrer las huellas impresas en la arena del vasto desierto. El pequeño creyó entonces que el viento era su aliado. Nadie advertiría ya su rumbo. Con esa certeza, decidió dar una tregua a sus piernas descansando en un paraje arbolado, que vislumbró a poco más de una legua.

Al acercarse al palmeral, lo reconoció de inmediato. Había estado allí acampado con su familia en varias ocasiones. Ese recuerdo le encogió el corazón y a punto estuvo de derramar alguna lágrima, que contuvo con esfuerzo. «Has de ser fuerte, Rashid. Los hombres no lloran», pensó mientras avanzaba. Por un momento, casi le pareció haber escuchado la recia voz de su padre. Trató de reponerse pensando en la loable meta que lo inspiraba. Mientras tanto, se sentó bajo una gruesa palmera en la que apoyó su fatigada espalda. Una vez acomodado, primero quiso calmar la sed. No le preocupó vaciar el odre, pues podría reponer el agua en aquel mismo lugar. A continuación, abrió el hatillo y extrajo un pedazo de pan de pita y algo de queso. Su estómago reclamaba a esa hora algo de alimento.

El chiquillo se disponía a almorzar cuando, entre algunos árboles cercanos, asomó un pastor de edad avanzada. El anciano conducía un pequeño rebaño formado por varias decenas de ovejas de raza awassi y algunas maltrechas cabras. Al ver al niño solo allí sentado, no dudó en acercarse para poder saciar su deshilachada curiosidad.

―¿Quieres un poco de leche? ―el hombre tenía buen corazón, pero también sabía que de ese modo se ganaría la confianza del niño―. Puedes ordeñarla tú mismo.

―No, gracias ―le dijo el muchacho envuelto en dudas.

―¿Estás seguro? Te advierto que cualquiera de mis ovejas da la mejor leche que hayas probado nunca. ¿O acaso no sabes ordeñar? ―El anciano apuntó al rebaño con un cayado. Llevaba varios días sin hablar con nadie y no pensaba darse por vencido a las primeras de cambio.

―¡Claro que sí! Ya tengo doce años.

―Demuéstralo entonces ―el pastor aguijoneó al pequeño sabiendo que su orgullo lo haría reaccionar más pronto que tarde―. Vamos, no te quedes ahí parado, ¿o crees que alguna de mis ovejas vendrá hasta aquí por sí sola? ¿Tal vez tienes poderes mágicos? ―el viejo comenzó a reír, mostrando así el deplorable estado de su mermada dentadura.

Tras vacilar unos instantes, el muchacho se levantó raudo. Nadie iba a mofarse así como así de su apellido. Los Ashour cuidaban del ganado desde hacía muchas generaciones, y estaba dispuesto a demostrárselo a aquel desconocido fanfarrón.

―¡Vaya, veo que la sangre sí corre por tus venas! Puedes coger esa vasija ―el anciano estaba satisfecho por lo que parecía ser su primera victoria―. Elige bien. ¿Sabrás hacerlo?

El niño tomó el recipiente y, con decisión, se acercó al animal de aspecto más saludable. Bajo la atenta mirada del pastor, ordeñó a la oveja en un abrir y cerrar de ojos.

―¿Satisfecho? ―Rashid se sintió victorioso.

―Ya lo creo… ―el hombre guardó un deliberado silencio―. ¿Sabes?, podría decirse que has nacido para esto ―le dijo impresionado.

―Llevo ordeñando toda mi vida ―alardeó el muchacho.

―No lo pongo en duda. ¿Cómo te llamas, hijo?

―Rashid Ashour ―le dijo con orgullo―. Mi padre me enseñó a ordeñar, y mi abuelo le enseñó a él. Así ha sido siempre en mi familia.

―¿Siempre? Eso es mucho tiempo ―bromeó el anciano―. ¿Y de dónde eres, Rashid Ashour?

―Soy…, soy del desierto ―titubeó unos instantes.

―Un nómada sin reino.

―¿Puedo? ―El muchacho señaló la vasija repleta de leche.

―¡Claro! Toma lo que quieras. Estarás hambriento…

Rashid bebió cuanto pudo. Las horas de caminata lo habían dejado exhausto y esa era una magnífica oportunidad para reponer fuerzas. Mientras calmaba el apetito, le vino a la mente el sabor de la leche que daban las ovejas del rebaño de su padre. Pensó que aquel sí que era el mejor del mundo, aunque prefirió no decir nada, pues no quería ser descortés. Al fin y al cabo, el pastor estaba siendo muy amable.

―¿Cómo se llama usted? ―El chiquillo empezó a bajar la guardia. Depositó el recipiente en el suelo y caminó para acercarse al anciano.

―Todos me llaman Abdel.

―¿Todos? No veo a nadie más por aquí.

―¡No te burles, muchacho! ―el anciano simuló el enojo―. Hubo un tiempo en que fui un importante mercader y mi reputación era grande en muchas tierras.

―¿Un mercader? ¿Y qué pasó? ¿Por qué ahora viaja solo?

―Tuve mala suerte, eso es todo. ―El pastor se sentó junto a un pequeño manantial. Adoraba dejarse llevar por el arrullo del agua―. ¿Quieres conocer mi historia?

Rashid asintió con un gesto y, de inmediato, se acomodó frente a él. Se retiró el fez de la cabeza y, sujetándolo entre las manos, centró toda su atención en el rostro de aquel anciano. No había visto jamás a una persona a la que la vida hubiera labrado tantas arrugas.

―Comencé muy joven ―Abdel fijó la mirada en el horizonte―. Apenas había cumplido quince años cuando lo dejé todo para unirme a un gran grupo de comerciantes. Formábamos una caravana inmensa, cercana al centenar de camellos. Era impresionante verla avanzar por el desierto. Has de saber que los comienzos fueron difíciles. Me levantaba al alba, antes que nadie en el campamento, y cuando los demás despertaban, yo tenía todo dispuesto para mi amo. También era el último en acostarme. Me movía una gran ambición, ¡quería ser alguien importante! ―el anciano recordó el sabor de aquellos tiempos―. Y tú, Rashid, ¿quieres ser alguien destacado?

―Yo… ―la pregunta lo cogió por sorpresa.

―Aprendía rápido y, al cabo de pocos años, me gané por completo la confianza de mi amo. Entonces, cuando este falleció, empecé a trabajar por mi cuenta hasta convertirme, con el paso del tiempo, en un gran mercader. Mi nombre era respetado en muchas ciudades: Jerusalén, Damasco, Tarso… En todas comerciaba, con éxito, con ricas sedas, tinturas, especias ¡e incluso piedras preciosas! Fueron años gloriosos, hijo.

―¿Y por qué ahora…?

―¿Por qué ahora soy un simple pastor? ―Abdel lo ayudó a finalizar la pregunta que el niño no se atrevía a formularle―. Tuve mala suerte, ya te lo dije. La vida, hijo. De pronto, vinieron años de gran sequía. Los campos no daban fruto, el ganado no tenía qué comer y el hambre campaba a sus anchas por toda la tierra. ¿Qué podía hacer yo contra eso? Tuve que ir malvendiendo mi mercancía por un precio mucho menor del que pagué por ella. En alguna ocasión, incluso tuve que cambiar sedas o especias por algo que llevarme a la boca. Todo mi esfuerzo se desvaneció, al igual que se evapora el rocío de la mañana con los primeros rayos de sol. Así son a veces las cosas ―dijo con gran nostalgia. Luego permaneció en silencio mientras clavaba los ojos en los del muchacho.

―¿Y qué hizo entonces?

Rashid seguía con fascinación aquella historia. Había escuchado tertulias de mercaderes y comerciantes, pero nunca había conversado con uno cara a cara.

―Pensé en las ovejas. Ya sé que no es algo con demasiado encanto, pero son animales poco exigentes y se obtiene un buen rendimiento. Vendí lo poco que tenía y le compré un pequeño rebaño a una mujer que acaba de perder a su esposo. Iba a marcharse de la ciudad y no podía llevarlo consigo. Pensé que era una oportunidad. No me arrepiento; me gano la vida de forma digna.

―Pero ¿y su sueño? El de convertirse en un gran mercader… ―indagó Rashid―. Luchó mucho por ello, ¿por qué lo abandonó de ese modo?

―Mi ilusión se evaporó, como si fuera un gran oasis que vislumbras a un par de leguas y que, sin embargo, se va desvaneciendo a medida que te acercas. Así de sencillo, hijo.

―Tuvo que ser muy duro ―el muchacho quiso consolar a Abdel, pero no supo cómo.

De repente, recordó a su abuelo. Él siempre sabía lo que debía decir y, también, cuándo debía guardar silencio. «Ojalá tuviera su sabiduría», pensó.

―Lo fue, sobre todo los primeros años. No lo aceptaba y mi espíritu se resistía a admitirlo ―el anciano inspiró con profundidad―. ¿Por qué? Esa era la pregunta que me invadía una y otra vez, sin apenas descanso. A todas horas oía una voz que enjuiciaba mi forma de proceder y me reprochaba no haber actuado de otro modo, con más habilidad o más astucia, qué sé yo. Eso resultó ser lo peor: fui mi propio juez y mi propio verdugo. Al cabo de un tiempo, acepté de manera voluntaria lo que la vida me había traído. El resto formaba ya parte del pasado y nada podía hacer para remediarlo. Es cierto que en ocasiones aquellos pensamientos volvían a mi mente, pero me limitaba a dejarlos marchar con serenidad. El pasado no es más que un sueño, hijo.

Rashid no alcanzó a adivinar el significado de las palabras del pastor. Aunque se esforzó en comprenderlo, finalmente fijó su atención en el manantial y durante un buen rato se limitó a escuchar el sedoso rumor del agua.

―Ya conoces mi historia ―Abdel rompió el mutismo reinante―. ¿Y la tuya? Supongo que también tienes una, y espero que sea mejor que la mía ―con la broma, el muchacho sonrió―. ¿Qué haces tan alejado de tu familia? ¿Adónde te diriges?

―He de hacer algo ―le respondió con concisión.

―Bien, ¿y es un secreto? Tal vez yo pueda ayudarte ―le dijo el pastor.

―No lo creo. Debo encontrar a una persona.

―Viajo por muchos oasis como este y quizá la conozca. Durante los trayectos, las ovejas no me ofrecen mucha conversación, pero en los palmerales siempre coincido con otros pastores, con pequeños comerciantes o con hombres que cuidan de sus huertos. Siempre tengo palabras para ellos y todos las tienen para mí. No soy un ermitaño, aunque por mi aspecto pueda parecerlo.

―Vive muy lejos, puede que más allá de Siria ―le aclaró Rashid.

―Entiendo. ¿Y cuál es su nombre? Supongo que será alguien muy célebre para que haya llegado hasta tus oídos.

―En realidad, no sé cómo se llama ―le confesó el chiquillo.

―¿No lo sabes? ―el anciano estaba perplejo.

―No hace mucho, oí a unos mercaderes hablar de su sabiduría, pero no lo llamaron por su nombre.

―Entonces, ¿cómo se referían a él? ―el asunto despertó en el hombre cierta curiosidad―. ¿Cómo? ―repitió al mismo tiempo que con su cayado golpeaba el hombro de Rashid con sutileza.

―El prestamista de sueños. ―El muchacho se puso en pie.

La respuesta del niño sorprendió a Abdel, quien, por unos instantes, se debatió entre la hilaridad y el desconcierto. Sin embargo, no quiso herir el orgullo de Rashid, y mucho menos perder la confianza que ya se había ganado.

―Comprendo, hijo. ―El hombre depositó el cayado en el suelo y entrecruzó los dedos sobre el abdomen―. Entonces, quieres encontrar a ese hombre para que te asigne un propósito en la vida, ¿no es así?

―No es para mí ―el chiquillo clavó los ojos en el suelo al tiempo que balanceaba los brazos―, es para mi padre. Es él quien necesita un sueño.

Abdel quedó conmovido por la candidez del muchacho, pero también por aquel gesto, que revelaba una enorme generosidad y decía mucho en su favor. Pensó que era muy grande el amor que Rashid debía de sentir por su padre para emprender semejante hazaña.

―Hace tiempo que está triste ―continuó diciendo el niño―. Una noche, cuando me iba a acostar, escuché una conversación que él tenía con mi madre. Le oí decir que se sentía abatido, que había perdido la ilusión, que ya no tenía aspiraciones ni sueños por los que luchar. Por eso deseo encontrar a ese maestro, al prestamista de sueños. Él sabrá qué debemos hacer.

―Estoy impresionado. Demuestras tener un gran valor, hijo ―Abdel no esperaba escuchar una historia semejante―. ¿Sabes?, voy a ayudarte.

―¿Pero cómo? ¿Acaso lo conoce? ―El chiquillo se arrodilló junto al pastor y lo sujetó por el brazo.

―No, no quiero mentirte. Jamás he oído hablar de ese… prestamista de sueños, pero me muevo bien por estas tierras, así que quizá podamos encontrarlo juntos.

―¿De verdad me ayudará? ―La cara del niño se iluminó al creer que contaba con un aliado.

―Amigo Rashid, viajaremos juntos, más allá de Siria si es necesario, hasta encontrar a ese hombre ¡donde quiera que esté! ―El anciano alzó el puño derecho―. Aunque, vista la destreza que posees con las ovejas, durante el viaje me asistirás con el rebaño. Será un trueque: mi favor por el tuyo, ¿qué te parece?

El pastor envolvió el acuerdo lo mejor que pudo para no dejar solo al muchacho. A pesar de que no quería reconocerlo, tampoco él deseaba estarlo. Le pareció un pacto perfecto: obtendría la ayuda diaria del niño y, a cambio, le ofrecería protección en el desierto.

―Trato hecho ―le dijo el chiquillo con premura.

La esperanza se instaló en el ánimo de Rashid al pensar que Abdel lo ayudaría. Entonces corrió para recoger su hatillo y ponerlo junto al de su inesperado socio.

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