El viaje de Rashid

El fabuloso viaje que emprende Rashid, un niño nómada que vive con su familia en el desierto, es el germen de una increíble historia que se desarrolla bajo el hechizo que impregna los reinos de la antigua Persia. Esta gran hazaña llevará al lector a transitar por ciudades tan mágicas como Jerusalén, Damasco, Babilonia o Samarcanda, lugares únicos en los que conocerá a un gran elenco de personajes.

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El desierto

Aún no habían brotado en el horizonte los primeros rayos de sol, cuando Rashid desató las correas de cuero que amarraban, en una esquina, dos de las lonas de la jaima. Con absoluto sigilo, asomó entre ambas telas su pequeña nariz. La noche era más fría de lo que cabía esperar. El muchacho, con precaución, decidió cubrirse con una raída chilaba de lana, tejida hace años por su madre. Esta había abrigado a su hermano y a él, e incluso a alguno de sus primos, pero lo protegería de las bajas temperaturas que reinaban a primeras horas de la mañana. Ataviado de aquel modo, apartó uno de los paños con la mano izquierda, mientras que con la otra sujetaba el hatillo que contenía sus escasos bienes. Inspiró con profundidad y se deslizó hacia el exterior. En ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda hasta alcanzarle la nuca, donde percibió un ligero pero desapacible cosquilleo.

jerusalem

Las puertas de Jerusalén

Rashid deseaba entrar cuanto antes en la ciudad, una metrópoli que, desde la distancia, le pareció casi mágica. Sin embargo, debía esperar algún tiempo para satisfacer su curiosidad. El pastor le advirtió, de un modo razonable, que no podían adentrarse en aquellas calles acompañados por decenas de ovejas. Por este motivo, se dirigieron en primer término a un terreno aledaño, repleto de pequeños establos construidos con barro, madera y piedra.

La silueta de Damasco

Horas más tarde, cuando el sol aún no había alcanzado ni la mitad de su ascensión hasta la cumbre, uno de los guías más jóvenes hizo todo tipo de aspavientos y, después de tomar aire, gritó: ¡Damasco! ¡Damasco!

La silueta de la ciudad se erguía en lontananza, envuelta por una densa calima. Aquella imagen dejó deslumbrado a Rashid, quien, a lomos de un camello del mercader, pudo vislumbrar con gran admiración su próximo destino.

Babilonia

El esplendor de Babilonia

Jerusalén, Damasco y, por fin, en la lejanía, brotaba el perfil de Babilonia. Conforme avanzaban, el muchacho no podía apartar la vista de aquella imagen. Primero, surgía como simples trazos en el espacio, y después, al acercarse, podía distinguirse el perfil de una metrópoli que superaba en esplendor a todo lo que había visto hasta entonces.

Rumbo a Susa y Persépolis

Los primeros días transcurrieron sin contratiempos. Conforme al plan que tenían previsto, viajaron primero hacia el sudeste a través de Susa y Persépolis, metrópolis con las que Senaquerib ya tenía rutas comerciales establecidas. En ambas capitales los estaban esperando y pudieron recrearse con festejos, descansar y complacerse con todo tipo de agasajos. Hacía tiempo que el mercader no se prodigaba por aquellas tierras, y sus socios deseaban agradarlo al máximo.

Pasargada, primera capital de la dinastía aqueménida

El mercader, aconsejado por los baquianos, decidió dejar a un lado la metrópoli de Pasargada. Habían repuesto víveres en el poblado, así que ya no existía ningún motivo para adentrarse en la ciudad. Además, hasta llegar al desierto, la caza y el agua eran abundantes y no tendrían problemas con el abastecimiento.

El encuentro con Saeed en Margu

El grupo se adentró en las calles de Margu a última hora de la tarde, justo antes de que el sol se ocultara en el horizonte. Era una ciudad tranquila y mucho más reducida que las anteriores que Rashid había visitado. Aun así, se percibía en el ambiente un gran bullicio y actividad, fruto de la importancia que tenían la agricultura y la ganadería en la zona. El comercio de frutas, hortalizas y otros alimentos era intenso, pues atraía a un gran número de personas procedentes de las aldeas de los alrededores.

Samarcanda

Samarcanda, la ruta de la seda

Durante las siguientes jornadas, la travesía trascurrió conforme a lo previsto por los baquianos, sin grandes dificultades ni sobresaltos. Solo el cansancio acumulado amenazaba con afectar a la buena marcha de la expedición. Sin embargo, la fatiga desapareció cuando al atardecer de aquel mismo día, desde lo alto de una colina, los soldados que iban en cabeza vislumbraron la silueta de Samarcanda. Todo eran vítores entre los guerreros, que sentían cerca el final de su hazaña. Nada podía impedir ya que entraran en la ciudad, y ese orgullo los invadía.

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* Imágenes por cortesía de Pixabay