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El evangelio del silencio

Es un placer presentarte mi nuevo proyecto: una novela de misterio con tintes históricos, que te hará reflexionar sobre alguno de los pilares fundamentales en los que asienta la religión. Al igual que algunos de los relatos más célebres, su estilo es muy visual y tiene los rasgos esenciales para atrapar al lector/a: protagonistas con deseo de superación, un escenario internacional y, sobre todo, una historia intrigante y bien documentada.

«Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti. Indocti discant, et ament meminisse periti».

Sinopsis | El evangelio del silencio

«Todo lo dispusiste según el número, el peso y la medida». Esta enigmática cita, enunciada en el lenguaje de la geometría sagrada, y la confusa muerte del profesor de Historia Medieval Alejandro Márquez, son el germen de un relato que sumerge a sus protagonistas en una vertiginosa investigación. La periodista española Carmen Navarro, junto con sus dos entrañables amigos de juventud, el historiador francés Pierre Marty y el arqueólogo Patrick Levert, se ven envueltos en una trepidante carrera por descubrir el paradero de Yavé, una reliquia que, en palabras del propio Alejandro, podría cambiar la historia del mundo. En el trascurso de este empeño deberán escudriñar la vida de grandes personajes y desentrañar algunos de los episodios más sorprendentes de la historia de España, como el azaroso traslado de los restos mortales de Isabel la Católica hasta la emblemática ciudad de Granada. Traiciones, pugnas y asesinatos se suceden en escenarios tan diferentes como Madrid, Roma, Chicago o Jerusalén, en los que transcurre esta vibrante aventura.

En este espectacular paraje comienza la historia…

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«Pierre Marty perdió la mirada en el horizonte. La luna llena que gobernaba el firmamento permitía ver con claridad la vega del Duero. El imponente río surcaba la naturaleza, la creación de Dios. De pronto, se dio la vuelta y clavó los ojos en la cúpula de la colegiata de Santa María la Mayor. Su construcción se inició en el año 1160 bajo el reinado de Alfonso VII, y fueron los Reyes Católicos quienes la erigieron como colegiata. La obra del hombre ejecutada bajo las premisas de la geometría sagrada. Patrick y Carmen observaron la mirada de su colega. Por un instante, pareció que ambos podían leerle la mente: números y proporciones que gobiernan el universo. El movimiento de los astros y el crecimiento de una flor. La estructura de un átomo y la consagración de una cúpula».

Toro Colegiata

¿Quieres descubrir otros lugares donde se desarrolla la novela?

Traiciones, pugnas y asesinatos se suceden en escenarios tan diferentes como Madrid, Roma, Chicago o Jerusalén, en los que transcurre esta vibrante aventura. ¿Reconoces alguna de estas ciudades?

 

La misteriosa carta del profesor de Historia Medieval, Alejandro Márquez.

La periodista española Carmen Navarro, junto con sus dos entrañables amigos de juventud, el historiador francés Pierre Marty y el arqueólogo Patrick Levert, se ven envueltos en una trepidante carrera por descubrir el paradero de Yavé, una reliquia que, en palabras del propio Alejandro, podría cambiar la historia del mundo. ¿Quieres leer la carta que dejó el profesor?


Queridos amigos, mis mousquetaires:

Si estáis leyendo esta carta (supongo que lo hará mi adorable Carmen) es porque, desafortunadamente, ya no estoy entre vosotros. Desde hace algunas semanas temo por mi vida. Mis últimas investigaciones me han llevado a descubrimientos que podrían cambiar la historia del mundo tal y como la conocemos en nuestros días. Tengo la certeza de que estas averiguaciones han terminado haciendo demasiado ruido y, desde hace algún tiempo, he empezado a recibir mensajes amenazantes con el objetivo de que abandone mis estudios. A mis años, no puedo dejar que el chantaje me impida llegar a conocer la verdad. Me consta que el peligro es real; por eso he organizado este encuentro, para pediros que continuéis mi labor. Si decidís hacerlo, os ruego que toméis las máximas precauciones. Por seguridad, no puedo revelar más información en esta nota. El lugar elegido para el encuentro y el mensaje que los tres deberíais haber recibido son el primer eslabón que os permitirá alcanzar la verdad. Formáis un gran equipo. El proceso acaba de empezar. Ex novo.

Alejandro Márquez


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El que busca no descansará antes de que encuentre | Empieza a leer

 

Capítulo 1

Transcurrían los últimos días del mes de agosto. Después de una jornada calurosa, se adivinaba en la ciudad de Toro un atardecer más agradable gracias a un repentino soplo de viento que comenzaba a acariciar sus calles. Pierre Marty había llegado a la villa tan solo unas horas antes. La leyenda que envuelve sus travesías, plazas y monumentos pronto sedujo al veterano y elegante historiador francés, conocedor de la profunda memoria que guarda este municipio de la provincia española de Zamora. Marty decidió aprovechar las primeras horas de la tarde para refrescarse y descansar en su alojamiento.

Con el crepúsculo, comenzó a dar un pequeño paseo en torno a su hotel. Desde el mirador del Espolón, situado en un cerro sobre la vega del Duero, la vista era magnífica. Decenas de trazos de diferentes tonalidades se sobreponían a lo largo del río, como en una postal que se alcanzaba a ver varios kilómetros. Tras haber caminado durante treinta minutos, pensó sentarse en una terraza y esperar en aquel lugar a sus dos viejos amigos. Así podría disfrutar del espectáculo que le mostraba la naturaleza y de su otra gran pasión: una buena copa de vino. La primera en llegar a la cita fue Carmen Navarro. El largo tiempo transcurrido desde su primer encuentro en París se reflejaba fielmente en el rostro y el cabello de su amiga. Sin embargo, a pesar de los años, la curtida periodista aún conservaba los rasgos y el atractivo de la bella mujer que fue.

―Espero que no te hayas atrevido a pedir un Burdeos ―le advirtió mientras avanzaba hacia su mesa.

Sabía que Pierre era un gran amante de los vinos, en especial de los que procedían de su lugar de origen. No en vano, el historiador contaba con una inmensa bodega particular en Château de L’Isle-Blanc, su residencia habitual en Francia.

―¡Mi querida Carmen! Permíteme que te vea. ¡Estás espléndida! ―exclamó Marty alborozado.

Sin darse cuenta, recorrió con los ojos la extraordinaria figura de la periodista, que lucía un elegante traje de chaqueta beis combinado con una blusa blanca de seda. Llevaba el cabello recogido y gafas de sol, que pronto se retiró para saludar a su amigo.

―¡Qué alegría volver a verte, Pierre! ―Carmen mostraba un tono exultante.

Se sentía feliz por la oportunidad de volver a encontrarse con su colega. Ambos se fundieron en un largo y cálido abrazo. Tras unos segundos, se tomaron de las manos casi por instinto.

Ton sourire m’attire comme pourrait m’attirer une fleur ―añadió Marty en su lengua materna, a pesar de que hablaba un perfecto castellano.

―Por favor, Pierre, tan halagador como siempre. Sabes que no deberías decirme esas cosas; aún me podría enamorar de ti ―bromeó la periodista empleando un sugerente tono de voz.

Carmen comenzó a reír y Marty le respondió con otra carcajada. Su risa era dulce, fresca, serena. Por un instante, ambos parecían haber vuelto a su juventud, a los formidables años que pasaron juntos en la Universidad de la Sorbona, donde se conocieron. Aquellos interminables paseos por el jardín de Luxemburgo, debatiendo sobre política, historia o cualquier tema que estuviera de actualidad en el París de los años sesenta.

―¡Permíteme darte otro abrazo! ―exclamó Carmen al tiempo que abría un poco los brazos―. Han pasado… ¡cuatro años desde la última vez que nos vimos en Madrid!

―Cuatro interminables años ―respondió Pierre mirándola fijamente a los ojos―. Por cierto, en aquella ocasión me prometiste una visita a Burdeos; estás en deuda conmigo ―le reprochó en tono burlón.

―No lo recuerdo ―susurró Carmen y le sonrió―. ¿Estás seguro de eso? ―ambos empezaron a reír de nuevo.

―Escucha, sentí muchísimo no poder asistir al funeral de Alejandro ―le dijo Pierre suavizando la voz, sin soltar las manos de ella.

―Lo sé, Pierre, fue un duro golpe. Llevábamos muchos años divorciados, pero nunca dejamos de ser buenos amigos. Era un gran historiador y, sobre todo, una persona maravillosa.

Carmen recordó imágenes del pasado, de los días en que ambos disfrutaban juntos, del nacimiento de su hija Sara.

―Una verdadera lástima ―añadió Marty liberando las manos de la periodista.

―Así es. Muchas gracias, Pierre ―de pronto, Carmen dirigió la mirada hacia la impresionante vega del Duero―. Por cierto, este lugar es asombroso. ¿Me puedo sentar con usted, caballero? ―le preguntó fingiendo un tono casi aristocrático.

Sin esperar la respuesta de su entrañable amigo, la periodista se sentó a su lado. Durante unos segundos, ambos perdieron la mirada en el horizonte mientras se dejaban arrullar por el dócil viento de aquella tarde veraniega.

―Bueno ―comenzó a decir Carmen alargando al máximo la palabra―, ¿has podido averiguar algo más sobre el enigmático mensaje de Patrick y nuestra cita? Desde que lo recibí, me tiene bastante intrigada. He intentado hablar en varias ocasiones con él, pero no lo he logrado. Supongo que no dispone de la mejor cobertura en la zona de las excavaciones.

―Yo tampoco he conseguido hablar con Patrick; de hecho, esperaba que tú sí hubieras podido ―respondió él mientras extraía un pequeño sobre del bolsillo de su camisa. Carmen hizo lo mismo con una nota que llevaba doblada con cuidado en el interior de la americana―. Son idénticas ―dijo Pierre.

Se trataba de un cartón de color ocre, aproximadamente del tamaño de una tarjeta de visita. Marty comenzó a leer por enésima vez el texto.

―«Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti. Indocti discant, et ament meminisse periti. Ex novo. Les mousquetaires».

―Todo lo dispusiste según el número, el peso y la medida. Que aprendan esto los ignorantes y lo recuerden los expertos. Desde lo nuevo ―Carmen tradujo las palabras de su amigo.

―El texto alude a la supuesta armonía universal. ¿Qué crees que se traerá entre manos Patrick? ―le preguntó Pierre encogiendo los hombros.

―No tengo ni idea ―aseguró Carmen―. Lo busqué en internet y encontré numerosas entradas con esta cita que guardan relación con el libro de la sabiduría, el segmento áureo… Aunque no sea una gran conocedora de estas cuestiones, me casé con un historiador fascinado por su trabajo. Y, por último, ¿cómo debemos interpretar ex novo?

―Es una expresión latina que proviene de la antigua Roma. Al parecer, ex novo se usaba para indicar que algo, como un determinado proceso o una investigación, debía retomarse desde el principio ―aclaró Pierre―. Aunque no comprendo nada. Me temo que hemos de esperar a Patrick para que nos aclare algo más sobre este asunto.

―Es evidente. Por cierto, ya debería estar aquí, ¿no crees?

Marty asintió con la cabeza y miró a su alrededor. En aquellos instantes, la tarde ansiaba dar paso a la noche. Sin embargo, el sol del mes de agosto oponía aún cierta resistencia a sumergirse en el horizonte. Algunos niños correteaban entre las mesas de las terrazas y un gran número de personas se había acercado a dar una vuelta por el paseo del Espolón, uno de los principales reclamos de la ciudad, situado en la fachada sur de la colegiata dedicada a Santa María la Mayor. Entonces, entre la multitud apareció Patrick Levert. Su aspecto aventurero contrastaba con el resto de las personas que caminaban cerca de él. A pesar de los años transcurridos y del peso que había ganado desde su juventud, Patrick aún conservaba el aspecto de un incansable viajero, un perspicaz explorador en busca secretos sepultados por los siglos.

―Espero que tengáis un buen motivo para haberme sacado de mi excavación de esta manera. He recorrido casi cinco mil kilómetros para llegar hasta aquí ―gruñó el arqueólogo mientras se aproximaba a la mesa en la que sus amigos permanecían sentados. Luego esbozó una enorme sonrisa, que delató la inmensa alegría que le producía volverlos a ver.

―Tan cascarrabias como siempre ―le reprochó Carmen al acercarse para darle un gran beso en la mejilla―. ¿No vas a cambiar nunca?

―Mi viaje ya ha merecido la pena. Si hubiera sabido que me esperaba un beso como este, ¡habría llegado mucho antes! ―exclamó el arqueólogo abrazando con energía a la periodista.

―Avísame cuando la sueltes ―ironizó Marty.

―¡Dame un abrazo tú también! ―Patrick rodeó con los brazos a su amigo Pierre―. ¿Cómo logras conservarte tan delgado? Qué diablos, yo era igual que tú en nuestra época de estudiantes.

―Eras ―sentenció Pierre―. Eras, amigo mío ―repitió. Los tres rieron de nuevo mientras se sentaban en la terraza.

―Disculpen, ¿desean tomar algo? ―interrumpió el camarero.

―Os recomiendo el vino de esta tierra ―apuntó enseguida Pierre―. Yo tomaré otra copa más ―Carmen y Patrick asintieron con la cabeza―. Que sean tres copas entonces.

―¿Qué tal continúa tu excavación en Irán? ―le preguntó Carmen interesándose por el proyecto arqueológico de su colega.

―¿Mi excavación? Después de tanto tiempo en ese lugar, me siento ya un habitante más del reino de Mannai ―contestó Patrick sin demasiado entusiasmo―. En realidad, es mi hijo Michael quien dirige ahora las nuevas excavaciones. Seguro que Helen me habrá hecho ya responsable de que su retoño se encuentre a más de diez mil kilómetros de Nueva York. Pero qué puedo hacer yo… Al muchacho le gusta la aventura ―dijo entre carcajadas―. ¿Y tú, Carmen? No creía que fueras capaz de dejar el periódico ―añadió arqueando las cejas.

―Eran ya demasiados años en primera línea. Siempre pensando en los demás ―subrayó Carmen―. Así que me armé de valor y decidí que ya era hora de dedicarme algo de tiempo, para variar. A veces, me quito el gusanillo colaborando con mi hija Sara en su portal de noticias, en internet. Eso también me permite estar más cerca de ella. Trato de dosificar mis apariciones; tampoco quiero que se harte de mí. Pero desde el accidente y la muerte de Alejandro siento que me necesita. Ella lo adoraba.

―Quién lo diría, Carmen Navarro colaborando con un periódico digital ―bromeó Pierre guiñando un ojo a Patrick.

―De acuerdo, adoro el olor a tinta. No quiero bromas con eso, ¿vale? ―les advirtió ella―. Por lo demás, tener tiempo para poder hacer las cosas que amas es maravilloso. Por ejemplo, venir a esta bonita ciudad para estar unos días con mis dos grandes amigos. ¿No es formidable? ―les preguntó mirándolos.

―Pues ya nos tienes aquí ―le dijo Patrick.

El camarero interrumpió de nuevo la escena colocando las copas de vino sobre la mesa. Carmen y Pierre se miraron extrañados. El tono de Patrick parecía sincero y su primera frase al verlos ya les había causado cierta sorpresa.

―¿Les apetece tomar algo más?

―Claro ―respondió Patrick―. Llevo meses sin poder disfrutar de una auténtica comida. Me consta que, además, en esta tierra la gastronomía es extraordinaria ―dijo mirando a sus amigos―. No olvidéis que mi madre era española.

―No lo olvidamos ―respondió Pierre mostrando agotamiento por haber oído su historia en repetidas ocasiones.

―Bien, Patrick, hay algo que no acabo de entender. ―Carmen esperó a que se retirara el camarero para continuar.

Marty pidió por todos, buen conocedor de los gustos de sus amigos. La periodista extrajo de nuevo la nota de su americana y se la mostró a Levert. Después, Pierre hizo lo mismo con la suya.

―¿Qué nos tienes que contar sobre este mensaje? Estamos muy intrigados.

―No os entiendo ―señaló Patrick tras leer la inscripción en latín y un texto relativo al lugar y la fecha del encuentro―. ¿Queréis contarme algo más? ¿Se trata de una broma? ―preguntó confuso―. Venga, no me toméis el pelo, que ya no estamos en la universidad.

―¿Tú no has recibido nada similar? ―le preguntó Pierre.

―Pues no, ¿debería haberlo recibido? ―contestó Patrick con dudas por si finalmente era una burla de sus amigos.

―Entonces, ¿por qué has abandonado tu excavación y has venido hasta aquí? ―continuó Pierre, bajo la atenta mirada de la periodista.

―¿Cómo? ¿Qué demonios os pasa? Tú me llamaste para pedirme que viniera. ―Patrick observaba la sorpresa en el rostro de Carmen.

―¿Yo? ―preguntó la periodista.

―Bueno, no pudimos hablar en aquel momento. Tengo muchos problemas con mi teléfono móvil en la zona donde estamos trabajando, en las nuevas excavaciones, quiero decir. Pero me dejaste un mensaje en mi buzón de voz pidiéndome que viniera hoy hasta aquí ―señaló Patrick―. Decías que se trataba de algo muy importante, algo que podría cambiar nuestra historia.

―Yo…, yo no he dejado ese mensaje ―tartamudeó Carmen―. Es cierto que te he telefoneado en varias ocasiones a raíz de recibir esta nota, pero sabes que detesto hablar con el contestador automático cuando llamo al móvil de un amigo.

―No se trata de una broma, ¿verdad, Patrick? ―le preguntó Pierre sabiendo de antemano cuál iba a ser la respuesta.

―Claro que no, os estoy diciendo la verdad ―respondió Levert intercambiando la mirada con sus dos amigos―. Os prometo que no tengo absolutamente nada que ver con esa tarjeta ―insistió mostrando la palma de las manos.

Durante unos instantes, los tres guardaron silencio. No podían comprender qué era lo que estaba ocurriendo. En la nota, debajo del texto escrito en latín, se podía leer les mousquetaires. Así es como llamaban otros estudiantes a Carmen, Pierre y Patrick en su época universitaria en París, en honor a su amistad y a la novela de Alejandro Dumas. Y así firmaron también algunos artículos que escribieron para el periódico de la Academia; pero hacía años que no usaban este alias. Alguien había enviado los mensajes con esa firma, y lo más probable era que esa misma persona hubiera telefoneado a Patrick Levert para conducirlo hasta España. Desconocían quién podría haberlo hecho y, sobre todo, por qué. Multitud de preguntas los invadieron hasta que, de nuevo, el camarero rompió el mutismo instalado en el grupo.

―Aquí tienen, señores ―dijo dejando sobre la mesa las raciones y tapas que Pierre había encargado―. ¿Desean algo más?

―No, así está bien, gracias ―respondió Carmen al observar que ninguno de sus acompañantes articulaba palabra.

―Déjame ver esa nota ―Patrick extrajo de su bolsillo unas pequeñas gafas de cristales redondeados. El arqueólogo comenzó a leer despacio; no quería que ningún detalle se le pasara por alto―: «Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti. Indocti discant, et ament meminisse periti». Números, proporciones, formas… La geometría es el lenguaje en el que está escrito la vida, ¿no es así, Pierre?

―La ciencia y las matemáticas como camino hacia Dios ―respondió Marty sin poder asimilar todavía qué estaba ocurriendo―. ¿Quién ha podido enviarnos este mensaje? ―preguntó mirando a Carmen.

De pronto, un niño de tez morena, de unos ocho o nueve años, interrumpió las palabras de Pierre.

―¿La señora Navarro? ―preguntó con timidez.

―Sí… ―respondió Carmen asombrada.

―Un hombre me ha pedido que les entregue este sobre―. El chiquillo lo depositó sobre la mesa y echó a correr. Después desapareció entre la multitud.

―¡Espera! ―exclamó Pierre inútilmente mientras perdía de vista al pequeño.

Los tres miraron a su alrededor. Si alguien había pedido a aquel muchacho que les entregara el sobre, era porque los había visto sentados en la terraza. Quienquiera que hubiese sido, debía de haber estado muy cerca, pero había demasiadas personas en los alrededores. La ciudad celebraba las fiestas en honor a san Agustín, su patrón, y las principales calles y plazas estaban abarrotadas.

―Es inútil, hay cantidad de gente. Hemos perdido a ese muchacho ―señaló Pierre, que se había puesto en pie de manera instintiva.

―¿A qué esperamos para abrirlo? ―preguntó Patrick mientras alargaba la mano para coger el sobre.

El arqueólogo lo abrió de inmediato y extrajo una nota. Tras enderezarse en su asiento, comenzó a leer en silencio.

―¡Patrick!, por favor ―Pierre le llamó la atención―. ¿Qué contiene?

―Disculpadme ―respondió Levert―. Creo que es mejor que seas tú quien lo lea. ―Entregó a Carmen la nota manuscrita.

Al verlo, ella reconoció enseguida la letra de su exmarido. Habían pasado muchos años juntos y sabía que a él no le entusiasmaban los ordenadores. Su trabajo como profesor de Historia Medieval en la Universidad Rey Sancho de Madrid lo obligaba a usarlo con frecuencia en las labores de rutina, pero adoraba escribir a mano, así que usaba papel y pluma para documentar todas sus investigaciones. Silvia Guzmán, su secretaria y persona de confianza, había intentado durante años, sin éxito, exponer las ventajas de las nuevas tecnologías al experimentado historiador. Sin embargo, al final era ella quien, con la paciencia de un monje, ordenaba informáticamente los estudios y averiguaciones de Alejandro. Carmen, que casi podía escuchar cómo le latía el corazón, comenzó a leer con voz entrecortada:

Queridos amigos, mis mousquetaires:

Si estáis leyendo esta carta (supongo que lo hará mi adorable Carmen) es porque, desafortunadamente, ya no estoy entre vosotros. Desde hace algunas semanas temo por mi vida. Mis últimas investigaciones me han llevado a descubrimientos que podrían cambiar la historia del mundo tal y como la conocemos en nuestros días. Tengo la certeza de que estas averiguaciones han terminado haciendo demasiado ruido y, desde hace algún tiempo, he empezado a recibir mensajes amenazantes con el objetivo de que abandone mis estudios. A mis años, no puedo dejar que el chantaje me impida llegar a conocer la verdad. Me consta que el peligro es real; por eso he organizado este encuentro, para pediros que continuéis mi labor. Si decidís hacerlo, os ruego que toméis las máximas precauciones. Por seguridad, no puedo revelar más información en esta nota. El lugar elegido para el encuentro y el mensaje que los tres deberíais haber recibido son el primer eslabón que os permitirá alcanzar la verdad. Formáis un gran equipo. El proceso acaba de empezar. Ex novo.

Alejandro Márquez

Los tres estaban atónitos. ¿Era posible que el exmarido de Carmen no hubiese muerto en un accidente, como afirmó la policía? ¿Podrían haberlo asesinado? Pero ¿quién y por qué motivo? Se acumulaban demasiadas preguntas, y la sensación de estar viviendo algo irreal comenzaba a instalarse en el grupo.

―¿Estás bien, Carmen? ―le preguntó Pierre rompiendo el silencio―. ¿Carmen? ―repitió al ver que su amiga permanecía callada.

―¡Oh! Sí, disculpa, estoy bien. Gracias, Pierre ―afirmó finalmente.

La periodista estaba absorta pensando en Alejandro y en su hija Sara. Si resultaba ser cierto, ¿cómo iba a contarle la noticia de que su padre podría haber sido asesinado?

―No puede ser una trampa; la nota es real, es la letra de Alejandro. ¿Qué pensáis al respecto? ―les preguntó mirando el manuscrito.

―No sé de qué va esto, pero siempre hemos estado unidos, ¿no? ―respondió Pierre.

―Carmen, si tú quieres continuar, lo haremos. Solo contamos con vuestras notas y ese texto en latín, ¿verdad? ―añadió Levert.

―Eso y la supuesta carta de Alejandro ―matizó Pierre.

―Tampoco debemos olvidar que este lugar, el elegido para el encuentro, es otra de las claves ―señaló Carmen―. Desde luego, no es gran cosa para empezar.

―«Omnia in mensura et numero et pondere disposuisti» ―recordó Pierre―. Todo lo dispusiste según el número, el peso y la medida. Creo que entiendo dónde puede estar la relación y la primera pista que el profesor menciona.

Pierre Marty perdió la mirada en el horizonte. La luna llena que gobernaba el firmamento permitía ver con claridad la vega del Duero. El imponente río surcaba la naturaleza, la creación de Dios. De pronto, se dio la vuelta y clavó los ojos en la cúpula de la colegiata de Santa María la Mayor. Su construcción se inició en el año 1160 bajo el reinado de Alfonso VII, y fueron los Reyes Católicos quienes la erigieron como colegiata. La obra del hombre ejecutada bajo las premisas de la geometría sagrada. Patrick y Carmen observaron la mirada de su colega. Por un instante, pareció que ambos podían leerle la mente: números y proporciones que gobiernan el universo. El movimiento de los astros y el crecimiento de una flor. La estructura de un átomo y la consagración de una cúpula.

―¡La creación de Dios! ―exclamó finalmente Pierre Marty con el brazo extendido hacia la inmensa vega del río Duero―. Y la obra del hombre ―dijo señalando con el dedo índice la cúpula de Santa María la Mayor. Todo creado bajo los mismos parámetros, las mismas proporciones.

―Me temo que podrías estar en lo cierto. ―Patrick se puso en pie y dirigió la vista a ambos lados de aquel asombroso escenario.

―Si ambos estáis de acuerdo, esa podría ser la primera pista ―señaló Carmen―, uno de los extremos de nuestro hilo de Ariadna. Espero que tengamos tanta valentía como Teseo para vencer al temible minotauro.

―Y así poder salir con éxito de este laberinto ―agregó Levert.

―Debemos hacerlo por Alejandro ―dijo Pierre con determinación.

―Estoy de acuerdo. Para empezar, resulta clave averiguar qué estaba investigando el profesor en aquel momento. Eso nos ayudará a continuar desenredando la madeja. ¿Tienes alguna idea de qué podría ser, Carmen? ―le preguntó Patrick.

―¡Silvia! ―contestó―. Tenemos que hablar con ella cuanto antes. Era su persona de confianza, y mi intuición me dice que pudo ser algo más que eso. Alejandro continuaba siendo un hombre muy atractivo. Silvia ordenaba todas sus investigaciones. Tiene que estar al tanto de sus últimos estudios. ―La periodista cogió su teléfono móvil.

―Espera, Carmen ―le dijo Pierre sujetándola por el antebrazo―. Alejandro nos advierte en su carta que debemos tomar las máximas precauciones. Tenemos que actuar con tranquilidad y pensar detenidamente cada paso. No olvidemos que alguien podría haberlo asesinado.

―¿Es una persona en quien poder confiar? Silvia, quiero decir… ―Patrick dudaba.

―Supongo que sí ―tampoco Carmen estaba segura del todo.

―¿Alguien más sabía que ella trabajaba en los estudios del profesor? ―preguntó Levert de nuevo.

―No lo creo ―respondió Carmen―. Alejandro no solía contarle a nadie sus proyectos. Para descubrir sus hallazgos, siempre había que esperar a que lo publicara en revistas especializadas o en un nuevo libro. Aunque en ocasiones alguno de sus compañeros pudiera intuir qué se traía entre manos, nadie lo sabía con certeza.

―¿Qué opinas, Patrick? ―quiso saber Pierre.

―Creo que tendremos que hablar con ella tarde o temprano, así que lo mejor es que lo hagamos lo más pronto posible. Si cuenta con documentación de Alejandro, esta puede resultar clave en el arranque de la investigación ―le contestó.

―Podría buscar alguna buena excusa para telefonearla sin que sospeche nada. Dejadme pensar, algo se me ocurrirá ―aseguró Carmen.

―¿Y mientras tanto? ―preguntó Pierre.

―Creo que debemos entrar en la colegiata de Santa María la Mayor. Allí podría haber algo que arroje luz sobre este asunto ―decidió Patrick.

―Entonces tendremos que esperar a mañana. Aprovechemos para descansar; el viaje ha sido muy largo y nos vendrá bien una tregua ―Pierre esperaba la aprobación de sus colegas.

―Está bien ―dijo Carmen―. Pero no podemos volver al hotel, quizá no sea seguro. ¿Dónde te alojas, Patrick?

―A pocos kilómetros de aquí, en una bonita casa rural rodeada de viñedos. Creo que podría ser un buen lugar para pasar esta noche. Es discreto y, casi seguro, dispondrán de habitaciones libres ―dijo el arqueólogo.

―Me parece perfecto ―Pierre se mostró de acuerdo al tiempo que Carmen asentía con la cabeza―. ¿Tienes el teléfono a mano para comprobarlo?

―Claro, ahora mismo saldremos de dudas. ―Patrick marcó en su teléfono móvil el número que aparecía impreso en una tarjeta publicitaria del alojamiento.

―Casa rural La Beltraneja, ¿en qué puedo ayudarle? ―respondió la propietaria al otro lado de la línea.

―Buenas noches, quería saber si disponen de dos habitaciones libres ―solicitó Patrick con amabilidad.

―¿Para esta misma noche? Me temo que no, señor. Solo tenemos una habitación disponible.

―Disculpe, ¿se trata de una habitación doble?

―Sí, señor, es una habitación de dos camas. Su precio, con desayuno, es de setenta y cinco euros ―le indicó la mujer.

―Perfecto. Mi nombre es Patrick Levert; tengo una habitación reservada en su casa. Me había citado en Toro con dos amigos y la noche se nos ha echado encima. Estaremos allí dentro de treinta minutos, aproximadamente.

―Muy bien, señor Levert, su habitación estará lista cuando lleguen. Gracias.

―Gracias a usted ―Patrick colgó el teléfono―. Bien, tenemos nuevo alojamiento. Será mejor que vayamos a vuestro hotel para recoger el equipaje. ¿Dónde tenéis los coches? ―preguntó a sus colegas.

―Lo tengo en el propio hotel ―dijo Carmen.

―Ya lo he devuelto a la compañía ―respondió Pierre―. Alquilé uno en el aeropuerto para viajar hasta aquí, pero lo entregué al saber que Carmen traía el suyo.

―Entonces haré lo mismo que tú. También alquilé el mío en el aeropuerto. Dejaré las llaves en el buzón de la empresa de alquiler e iré andando a vuestro hotel; no puede estar muy lejos.

Carmen y Pierre Marty caminaron en dirección al hotel. Había cientos o quizá miles de personas circulando por las calles. Durante algunos minutos permanecieron sin articular ni una sola palabra. Todo había ocurrido tan deprisa que aún no habían tenido tiempo para asimilarlo. Carmen iba pensando en su hija: dudaba si contarle lo sucedido. Al final, decidió esperar unos días porque no sabía ni cómo empezar.

―No acabo de creer lo que está sucediendo ―Carmen se mostraba nerviosa―. Hasta hace unas horas, simplemente iba a disfrutar de unos días en compañía de mis mejores amigos, y ahora…, ahora sé que mi exmarido pudo haber sido asesinado. Y estamos huyendo sin saber muy bien de qué ni de quién. Es una locura, Pierre.

―Debemos mantener la calma ―respondió Marty colocando la mano sobre el hombro de Carmen―. Seguro que mañana veremos las cosas de otra manera.

―No lo sé, Pierre, todo es tan extraño… Y aquel niño, ¿quién le entregó el sobre con la carta de Alejandro? Podemos estar en peligro.

―Si esa persona hubiera querido hacernos daño, ten por seguro que ya lo habría hecho. Además, ¿para qué nos entregaría el manuscrito de tu exmarido? Eso no tendría sentido ―razonó Pierre.

―Espero que estés en lo cierto. Entremos ―le contestó Carmen con la voz entrecortada.

Habían llegado a su alojamiento, el hotel Infanta Isabel, en el centro de la ciudad. Ambos solicitaron las llaves de sus habitaciones y se dispusieron a recoger el equipaje. Carmen apenas había colocado algunas cosas en los armarios, así que en poco rato preparó una pequeña maleta y un bolso de mano y se dirigió a la recepción para notificar su salida.

―Buenas noches. Me ha surgido un problema y, lamentándolo mucho, tengo que dejar mi habitación ahora mismo ―le indicó a la recepcionista.

―Lo siento, espero que no sea nada grave, señora Navarro. ¿Podemos hacer algo por usted?

―No, no se preocupe, gracias. Solo es una cuestión de trabajo. El señor Marty también dejará su habitación; bajará en breve. ¿Podría decirle que le espero en mi coche?

―Claro, señora Navarro. Espero que volvamos a verla. Que tenga buen viaje.

Carmen salió del hotel y se introdujo en su automóvil. Pronto apareció Pierre Marty portando un pequeño bolso de viaje de diseño francés. Tras sentarse en el coche, abrió la ventanilla y extrajo un paquete de tabaco del bolso de la americana.

―¿Puedo encender un cigarrillo? ―le preguntó.

―Claro ―le dijo Carmen―, pero creía que lo habías dejado… Salgamos del coche, mejor.

―Acabo de comprarlo. Supongo que la situación ha podido con mi fuerza de voluntad. Volveré a dejarlo cuando todo esto termine, te lo prometo.

―Ya estoy aquí, amigos míos ―anunció Patrick justo al volver la esquina y ver a sus colegas―. ¿Nos vamos?

Levert llevaba una pequeña mochila a la espalda. Por sus constantes desplazamientos, estaba acostumbrado a viajar con lo imprescindible.

―Perfecto ―contestó Carmen―. ¿Qué salida debo tomar?

―No te preocupes, yo te indicaré ―le dijo Patrick mientras Pierre asimilaba que debía posponer su intención de encender un cigarrillo.

Después de poco tiempo y de atravesar varias fincas de viñedos llegaron a la casa rural. A pesar de que había luna llena, la noche impedía ver con claridad todo el recinto; pero parecía un lugar con encanto. Algunos olivos rodeaban el alojamiento y contrastaban con las viñas de los alrededores. Carmen aparcó detrás de la casa. Creían que nadie los había seguido; sin embargo, prefirieron tomar algunas precauciones.

―Buenas noches ―Patrick saludó al entrar.

―Buenas noches, señor Levert ―la propietaria los esperaba en el recibidor―. Las habitaciones están dispuestas, la suya y la de sus amigos.

―Fantástico. La señora ocupará la habitación individual y nosotros la doble ―le indicó Patrick.

―Muy bien, aquí tienen las llaves. No se preocupen por los formalismos del registro; lo haremos mañana, cuando hayan descansado. El desayuno lo pueden tomar cuando ustedes quieran. No hay problema con el horario; este es un alojamiento familiar.

―Muchas gracias, muy amable ―le dijo Patrick―. ¿Subimos? ―preguntó a sus colegas.

―Claro. Buenas noches ―respondió Carmen.

Mientras caminaban hacia la escalera de madera que conducía a las habitaciones, la periodista prestó atención a la casa. Era una antigua finca rural, de finales del siglo xix, restaurada con piedra y maderas de la zona. La luz de las estancias y los cálidos colores de las paredes y techos pronto la sedujeron. No en vano, la decoración la apasionaba. Después del periodismo, el oficio que había absorbido gran parte de su vida, era su segunda pasión.

―Mañana nos vemos. Que descanses ―Marty se despidió de ella al llegar al rellano de la primera planta.

―Si nos necesitas… ―añadió Levert.

―Gracias, Patrick, estaré bien. Gracias a ambos. ―Levantó la mano a modo de despedida.

Tras recorrer el segundo tramo de escalones, Carmen entró en su habitación. El largo viaje y lo inesperado del encuentro la habían dejado bastante fatigada. A pesar de ello, no podía conciliar el sueño. Sentía que necesitaba respirar algo de aire fresco que contribuyera a despejarle la mente. Debido a la ansiedad que la atenazaba, se incorporó para abrir el amplio ventanal de la pared sur del cuarto. «¿Cómo ha podido suceder algo así?», pensó mientras apoyaba los brazos en el marco de madera de la ventana. Aprovechando el silencio de la noche, trató de tranquilizarse centrándose en su respiración y observando el firmamento. Así permaneció durante varios minutos.

Ex novo, Alejandro… ―susurró contemplando las estrellas.